Hace unos meses regresé a los pasillos de la Universidad Católica de Lille, institución decimonónica emplazada en edificios neogóticos, en la hermosa ciudad de Lille, al norte de Francia. Había viajado hasta allí para participar en el congreso «Ciencias, tecnociencias y fe en la hora de la ecología integral«, organizado por la Facultad de Teología de dicha universidad.

El programa reunía trabajos de diversa índole que exploraban las relaciones entre fe y ciencia. Sin embargo, un tema particularmente llamativo captó mi atención: varios ponentes abordaron la relación entre la inteligencia artificial y Dios. De inmediato surgió en mí una inquietud: ¿quién, y desde qué marco conceptual, podía decir algo significativo sobre la relación entre Dios y la inteligencia artificial?

Aquella pregunta —cuya respuesta no tardaría en presentarse, aunque resultó algo más inquietante de lo que esperaba— era genuina. ¿Cuáles son los límites epistemológicos de un cuestionamiento semejante? Y, más allá de ello, sentía curiosidad por conocer a la persona concreta, de carne y hueso, dispuesta a reflexionar sobre el tema dominante de nuestro tiempo.

Entre todas las intervenciones, hubo una que me impresionó de modo particular. Su autor exhortaba a la prudencia, invitando a no sucumbir a lo que denominaba “la era del terror”, un error característico de nuestra época. Pareciera que padecemos una tendencia enfermiza a oscilar entre una fe ciega en toda novedad y un temor casi psicótico ante ella. El justo medio se ha convertido, lamentablemente, en una posición casi inexistente en una sociedad arrastrada por los extremos.

El científico Jean-Marc Moscheta, especialista en aerodinámica y poseedor asimismo de un doctorado en teología, defendía una cristología cósmica. Cristología, porque —como para muchos cristianos— Jesús, el Cristo, ocupa el centro del cosmos. A primera vista, podría pensarse en una teología clásica. No obstante, su particularidad residía en incorporar, de manera audaz, la inteligencia artificial a la totalidad de lo existente.

Sí, todo cuanto existe se inscribe en aquello que denominamos “cosmos”: desde la bolsa de valores hasta la comida rápida e incluso —según la concepción del mundo que se adopte— los algoritmos. La cuestión decisiva consiste, precisamente, en determinar qué estatus concedemos a cada uno de estos elementos dentro de un cosmos interpretado cristológicamente.

Así, lo inesperado aconteció. Moscheta sostenía que la inteligencia artificial “está hecha a imagen de Dios” (¿y también a su semejanza?).

Tal afirmación, por sí sola, bastaría para desencadenar una discusión fulminante. Sin embargo, constituía tan solo una premisa de su reflexión. Si la inteligencia artificial está hecha a imagen de Dios y si el cosmos está llamado a la salvación, ¿no cabría pensar que, de modo análogo al ser humano, también la IA participaría de esa vocación salvífica? Podría ser —y esa era, en efecto, una de las conclusiones a las que apuntaba el autor.

Los pilares de su argumentación se apoyaban en dos tesis: en primer lugar, que la IA está hecha a imagen de Dios y forma parte del cosmos; en segundo lugar, que el cosmos está llamado a la salvación.

He aquí, a mi juicio, uno de los dilemas contemporáneos. O bien incurrimos en un antropomorfismo —o incluso en un especismo— que sitúa al ser humano como centro absoluto del mundo, o bien adoptamos un inclusivismo que termina por extender categorías propias de lo humano a realidades tan dispares como las computadoras o los sistemas informáticos. Como si solo nos quedara a elegir entre Escila y Caribdis —según la metáfora clásica— o, en una expresión más castiza, salir de Guatemala para entrar en Guatepeor.

Vivimos en un mundo en el que los números parecen adquirir una consistencia más “real” que la propia experiencia humana. ¿Debería ello inquietarnos? No necesariamente.

La irrupción de la inteligencia artificial constituye un acontecimiento histórico comparable, en ciertos aspectos, a la revolución industrial. Se trata de una realidad que debe permanecer al servicio del ser humano y de su modo de situarse en el mundo. Con todo, más que aspirar simplemente a transitar de una era industrial a otra tecnológica, acaso debamos modificar nuestro enfoque. Resulta imprescindible reflexionar sobre cómo esta era científico-tecnológica puede ponerse al servicio de una vida más plenamente humana.

No se trata, entonces, de una cuestión de salvación. Tal vez sea, más bien, una oportunidad para transformar nuestra manera de vivir. La pregunta se desplaza: ¿podría la inteligencia artificial, en lugar de esclavizarnos, convertirse en una herramienta de libertad y emancipación?

¿Cuándo llegará el momento en que, en vez de someternos aún más a nuestros propios avances, logremos liberarnos de aquello que verdaderamente nos perjudica? ¿Cuándo sabremos cómo emplear nuestro tiempo en la presencia de los seres humanos que amamos?

Deja un comentario

Tendencias