Por Alejandro Pérez
Una frenética agitación se apodera de nuestra sociedad ante los considerables cambios que generan el aprendizaje profundo, los agentes conversacionales y los grandes modelos de lenguaje, así como ante lo que serán capaces de hacer. Sin embargo, me gusta pensar que la cuestión no es de orden antropológico —en el sentido filosófico del término—, sino que es de una naturaleza totalmente diferente; se sitúa en otro lugar.
Hay quienes se preguntan cuál es nuestro lugar en el mundo ante la inteligencia artificial, y más concretamente si aún tenemos alguno. Estas preguntas son numerosas y de diversa índole: varían según la disciplina desde la que se formulan, pero también según el grado de profundización que se busca alcanzar, es decir, según lo que pretenden esclarecer. ¿Somos los únicos que poseemos un alma? ¿Podrían estar dotados de ella los agentes, ya sean artificiales o de otro tipo? Y, por último, ¿podrían ellos —o ellas— ser salvados? ¿Son dignos de la gracia? Así es como estas preguntas se han vuelto antropomórficas, antes de convertirse en teológicas. Pero ¿no son estas preguntas mal planteadas sobre la naturaleza de lo que somos y sobre lo que son los artefactos?
Cabe destacar que debemos comprender cómo y por qué hemos llegado a cuestionarnos la naturaleza de los artefactos, y la posibilidad de que, gracias a una función que logran cumplir, sean cercanos a nosotros.
Aristóteles, y toda una tradición filosófica a su estela, abogó por una investigación sobre la naturaleza y la esencia de las cosas —un camino que nos conduce hacia las cuestiones metafísicas—. Se trata de un discurso de otra índole, considerado durante mucho tiempo obsoleto o moribundo, pero que aún hoy puede arrojar algo de luz sobre estas interrogantes.
La filósofa estadounidense Meghan Sullivan —formada en metafísica— ha obtenido recientemente una de las financiaciones más importantes jamás concedidas a un filósofo, para su proyecto DELTA (cuyo subtítulo es: «Un marco ético de la inteligencia artificial basado en la fe»), subvencionado con 50,8 millones de dólares por la Lilly Endowment Inc.
Este proyecto es fascinante en varios aspectos. DELTA es un acrónimo que designa cinco conceptos fundacionales: dignidad (Dignity), encarnación (Embodiment), amor (Love), trascendencia (Transcendence) y agencia (Agency). Más allá de la cuestión de si somos seres o cerebros bayesianos, entidades u organismos biológicos reducibles a una función, hoy en día es importante comprender las cosas de otra manera de como se presentan a primera vista.
Cada uno de estos términos merecería que nos detuviéramos en él largamente. Se podría desarrollar una fenomenología del cuerpo —cuestión aún más relevante para quien es cristiano, heredero de la religión de la Encarnación—. Se podría meditar sobre el concepto de trascendencia: lo que somos, pero también nuestro telos, ese fin que nos trasciende —una relación con Dios o con una divinidad, e igualmente con los demás—. Por último, podríamos preguntarnos qué significa la agencia, tanto desde un punto de vista ético como desde el punto de vista de sus propios límites y su posible desaparición.
Ahora bien, hablar de dignidad es, en definitiva, hablar en términos metafísicos, ya que este concepto engloba, en cierto modo, a los otros cuatro. Es ir al corazón mismo de las cosas, hasta su naturaleza profunda. Y esa es precisamente la tragedia a la que nos enfrentamos hoy: la dignidad del trabajo está en proceso de ser cuestionada.
A Confucio se le atribuye esta famosa frase, que merece ser meditada: «Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida». Esta frase expresa el vínculo indisoluble entre el amor —o la felicidad— y el trabajo. El trabajo no es una simple tarea repetitiva que obedece a unas pocas lógicas o algoritmos: es una cuestión de placer, de realización personal (eudaimonia) y de bienestar.
Por poner una analogía, debemos comprender plenamente que unas zapatillas de fibra de carbono no hacen al corredor: el placer, lo que se siente —por retomar la famosa fórmula de Thomas Nagel— al correr sintiendo el aire, el calor, el cansancio, el aumento de endorfinas, es precisamente lo que nos impulsa a levantarnos a las cinco de la mañana. Si mañana alguien más, o algo más, pudiera correr en mi lugar, dejaría de amar el running.
Lo mismo ocurre con las tareas reflexivas y el pensamiento. El placer de encontrar una idea, de buscarla, de comprenderla, de discutirla, de cuestionarla, de corregirla, de aclararla, de perfeccionarla: esa es la razón por la que pensamos y escribimos. El trabajo casi ritual de algunos escritores lo atestigua: el café, la vista inspiradora, la montaña o el mar, las conversaciones, las visitas, las imágenes.
Fijémonos en el efecto de la poesía sobre el enamorado o la enamorada: es algo que nos es propio, aunque no todos seamos capaces de realizarnos en esta actividad. Una IA entrenada con la mejor poesía romántica que exista podrá sin duda escribir algo bello. Pero la belleza del mundo y su dignidad seguirán esperando a ser vividas, pensadas, reformuladas —como ya lo hacemos desde hace más de cinco mil años.
Si seguimos escribiendo como en notas al pie de página de los grandes pensadores de antaño, es porque la realidad se resiste a la pretensión de una realización total de lo que es.
No somos esclavos de una redacción imaginativa y laboriosa impuesta desde fuera. La dignidad de ejercer nuestra naturaleza profunda es lo que nos permite no vivir como zombis en un mundo dominado y dominante.
No se trata, pues, de una cuestión de a favor o en contra. La reflexión debe dirigirse hacia otro lugar. Debemos detenernos, respirar y replantearnos: la inteligencia no es propia de un mundo de relaciones abstractas, de nexos incorpóreos. Es propia de seres animados, pero también corporales —conectados entre sí y con el mundo, revestidos de una dignidad que la convierte en su esencia.




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