
Amanda J. Baugh, Falling in Love with Nature, The Values of Latinx Catholic Environmentalism, New York University Press, 2024, xvi-227 pp. ISBN: 9781479824069
Una reseña por Fabien Revol, Centre Hélène et Jean Bastaire
Traducido del francés al español por PNEO
12.02.2026
Escrito por Amanda J. Baugh, Falling in Love With Nature, The Values of Latinx Catholic Environmentalism (Enamorarse de la naturaleza. Los valores del ecologismo latinx católico) es el resultado de un profundo trabajo etnográfico que pone de relieve la necesidad de nuevos relatos en el ámbito del compromiso ecológico con una dimensión religiosa. La autora, investigadora en humanidades medioambientales, entrecruza cuestiones de ecología, etnicidad (raza) y creencias religiosas. Baugh es profesora y vicepresidenta del departamento de estudios religiosos, así como directora del programa de maestría en sostenibilidad de la Universidad Estatal de California, Northridge (CSUN). La autora [A.] cuenta la historia de un tipo de ambientalismo estadounidense a través del prisma de la experiencia de los católicos hispanohablantes inmigrantes en Estados Unidos.
Su metodología se basa en un estudio de campo realizado en varias parroquias y en iniciativas católicas locales de la diócesis de Los Ángeles. Su objetivo es revelar la discrepancia entre el discurso religioso católico dominante sobre la ecología y la experiencia vivida por las personas y grupos minoritarios entrevistados. Su gran descubrimiento es que no es posible convertirse en experto en el campo de la religión y la ecología sin reconocer que las minorías tienen una preocupación real por la protección del medio ambiente, un punto que ya había sido destacado por la teología de la liberación, en particular por Leonardo Boff.
La A. identifica el discurso dominante del ambientalismo religioso en su región como el del “marco ambientalista de raza blanca”. Este marco, derivado del ambientalismo estadounidense impulsado por colonos varones, blancos y de origen protestante, se caracteriza por problemáticas ambientales técnicas y a gran escala, cuyas soluciones implican más gastos que cuestionamientos de los modos de vida. Además, dentro de las iglesias católicas de California, la A. identifica dos corrientes principales de cristianismo ecológico: la corriente de la justicia social, acorde con las orientaciones de la Santa Sede, y la corriente de la ecoespiritualidad, de la que Thomas Berry, sacerdote pasionista, es una figura representativa.
Como contrapunto, la autora destaca el concepto de “la tierra environmentalism” o ecologismo de la tierra. Este término se asemeja al de “ética de la tierra” de Aldo Leopold, figura que representa al ecologismo de raza blanca. Es sorprendente que no se haga ninguna referencia a este, al menos como contraste. Este enfoque, específico e ignorado por las élites ecologistas, reúne las posturas tradicionales indígenas exportadas a Estados Unidos por la inmigración latinoamericana. Incluye prácticas de cuidado de la tierra que alimentan el rechazo del consumismo y limitan la generación de residuos. La tierra se percibe como la base de una profunda relación humana con el medio ambiente, entendido como la familia, el planeta Tierra y el sentimiento de estar en casa (home). Se trata de una ética encarnada en la vida cotidiana, basada en el amor, en particular, el amor a Dios. Este movimiento está relacionado con cuestiones de interseccionalidad, que reúnen las convergencias entre las reivindicaciones de las minorías. La ecología suele identificarse como una causa transversal e indisociable de otras reivindicaciones. Como mínimo, se trata de comprometerse con la protección de los pueblos y del planeta. En su preocupación por la interseccionalidad, la autora utiliza una formulación inclusiva para referirse a los elementos de origen latinoamericano, como muestra de su compromiso con la lucha contra el patriarcado: “latinx-american”. Sin embargo, el enfoque ambientalista de la tierra nunca es calificado como ecologista por las instituciones oficiales. El reto de identificar esta discrepancia consiste en invitar a las autoridades intelectuales, especialmente en el campo de las humanidades medioambientales, a recalificar el carácter ecologista de ciertos actores sobre el terreno. El problema en el diálogo con estas formas de ambientalismo es que no producen títulos ni conocimientos técnicos certificados.
La autora se interesa por varios ámbitos de diversa índole: dos parroquias hispanohablantes de la diócesis de Los Ángeles, la del Sagrado Corazón y la de Santa Cecilia; dos iniciativas pastorales a escala diocesana: “Creation Sustainability Ministry” [Ministerio de sostenibilidad de la creación] y “Fe y ecología”; y, por último, la recepción de la encíclica Laudato si’ por parte de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos. Esta división estructura el libro en seis capítulos, el primero de los cuales está dedicado a la descripción del marco metodológico de la etnografía.
La A. se basa, en varias ocasiones, en las conclusiones de Anna Gade, especialista estadounidense en islam. Según Gade, el reto metodológico de un estudio etnográfico consiste en definir los grupos a partir de su propio vocabulario, en lugar de recurrir a conceptos “anglocéntricos” externos. A pesar de ello, el autor reconoce la influencia de los conceptos de la teología de la liberación en su enfoque, en particular en la asociación del clamor de la tierra con el clamor de los pobres. Así, se aprecia una tensión interna en el libro entre la pretensión de un estudio etnográfico puro sobre el terreno y el hecho de que, a pesar de todo, las corrientes de pensamiento teológico influyen en las prácticas ecológicas de los sujetos estudiados. Lamentablemente, esta tensión no se identifica, y mucho menos se aclara, lo cual a veces perturba la lectura.
De este estudio se desprenden una serie de descubrimientos muy útiles para quienes se interesan por la ecoteología hoy en día. El ambientalismo de la tierra se caracteriza por una cierta forma de relacionar a las personas entre sí y con la tierra. Como señala el autor: “A través de recuerdos encarnados, a veces esencializados, de vidas más cercanas a la naturaleza y a la familia extensa que se había quedado en el país, estos fieles recreaban simbólicamente su tierra natal, así como los lazos familiares y el sentimiento de identidad asociados a ella” (p. 44). El sentido de la familia se amplía a toda la creación, y cada una de las criaturas aparece como un miembro de esa familia. Nos encontramos aquí ante un “teologema”, por retomar una expresión del ecoteólogo protestante Stéphane Lavignotte[1], que es específico de la población estudiada: la familia.
Según la autora, este concepto se opone al de la administración, defendido por el marco ambientalista de raza blanca, en particular, su tendencia al dualismo y a la separación de la criatura humana. Uno de los aspectos más destacados del enfoque desarrollado por la autora es el papel que desempeñan las abuelas como transmisoras de los valores ecologistas del ambientalismo de la tierra.
La autora le da un nombre: “abuelita environmentalism”, o “ecologismo de la abuela”. Inspirado en la teología de la liberación, este concepto insiste en la experiencia cotidiana de las mujeres como fuente de valores morales estructurantes para la comunidad. Muchos de los encuestados hacen referencia a la experiencia de sus abuelas para ilustrar ejemplos concretos de compromiso ecológico sobre el terreno, de cuidado económico de la tierra y de la familia. El recurso a la abuelita environmentalism sigue siendo la principal referencia en términos de valores éticos, y la abuela, la primera maestra en lo que respecta al cuidado del hogar común.
El marco ambientalista de la raza blanca incluye una perspectiva instrumental de la relación con la tierra, mientras que la de la tierra es relacional.
Se puede lamentar un enfoque maniqueo de la A., debido a un tratamiento demasiado rápido y parcial de la perspectiva blanca. De hecho, el estudio histórico de Mark Stoll[2] muestra hasta qué punto la realidad es mucho más diversa y compleja en la maraña de diversas tendencias protestantes que han marcado la colonización del continente norteamericano. No obstante, concedamos a la A. que el enfoque de la wilderness [naturaleza salvaje] forma parte de este marco ambientalista de raza blanca, en particular cuando se trata de preservar los espacios naturales salvajes para el ocio y las vacaciones de los trabajadores blancos, sin tener en cuenta los modos de vida y las relaciones que los indígenas han establecido desde hace milenios.
Al estudiar los movimientos a escala diocesana, la A. aborda la problemática de la instrumentalización de la ecología por parte de la religión y de la instrumentalización de la religión por parte de la ecología, alimentada por las conclusiones etnográficas de Anna Gade. Según esta última, los movimientos que buscan aplicar fines ecologistas a iniciativas religiosas imaginan que existe un tronco común ecologista en todas las religiones. Aquí, la A. hace referencia, sin citarlo, al movimiento iniciado por Marie-Evelyn Tucker y John Grimm con el foro Religión y Ecología de Yale en Estados Unidos, que marcó profundamente la ecoteología de finales de los años noventa. Para la A., el compromiso interreligioso con la ecología promueve, de hecho, el enfoque protestante liberal de tolerancia y de buenas acciones, una interpretación que no carece de pertinencia.
Así, con el ejemplo del “Creation Sustainability Ministry” de la diócesis de Los Ángeles (2010-2022), la A. considera que la fe es un vector importante para los valores ecológicos, en particular los del marco racial blanco. Los líderes de esta iniciativa pastoral acogieron Laudato si’ como una confirmación y un estímulo teológico de lo que ya se venía haciendo desde hacía varios años, en apoyo de un mensaje ecologista universal, común a las religiones y a las ONG. A menudo, para estos activistas religiosos, el mensaje ecologista es lo primero y el mensaje religioso solo sirve para justificar la iniciativa, incluso para instrumentalizarla y modificarla si es necesario.
La A. también analiza una iniciativa pastoral ecológica más puntual y de gran envergadura organizada por la diócesis de Los Ángeles: “Fe y ecología” (2015-2018). Esta iniciativa siguió la regla de Gade de instrumentalizar la fe para justificar las acciones ecologistas. Sin embargo, en este caso se mantuvieron enfoques complementarios en diferentes foros, incluyendo, en particular, aspectos del ambientalismo de la tierra. Se desprende que los valores medioambientales modernos blancos son poco conocidos entre los practicantes hispanohablantes por dos razones: (a) porque los sacerdotes nunca hablan de ellos en el púlpito; (b) porque estos valores no son conocidos en los discursos derivados del “ecologismo de la abuela”.
Por el contrario, en el mismo movimiento de “Fe y Ecología”, la ecología también puede ser instrumentalizada por el discurso religioso, especialmente desde la perspectiva de la nueva evangelización. Esto ha tenido como efecto que el discurso ecologista sea más aceptable para los jóvenes católicos, que podrían ser ajenos o incluso hostiles a las cuestiones ecológicas.
El tercer ámbito de reflexión del libro es el de la recepción de Laudato si’, en particular por parte de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos. La cuestión de la relación con Laudato si’ recorre todo el libro. De hecho, la autora plantea la pregunta en las comunidades con las que se encuentra. Para muchas de las personas encuestadas, los principios enunciados en Laudato si’ eran evidentes y se ponían en práctica mucho antes de la publicación de la encíclica. La autora no se sorprende, dada la comunidad de antecedentes culturales entre el papa argentino y este tipo de población. Incluso llega a calificar al papa de “ecologista de la tierra”.
Por el contrario, tras Laudato si’, la diócesis de Los Ángeles también desarrolló una pastoral ecológica dirigida al gran público que intentó suavizar los ángulos para llegar a los más recalcitrantes al discurso político ecologista. Una de las vías propuestas fue el pequeño camino de santa Teresa de Lisieux, mediante la realización de pequeños actos de amor con dimensión ecológica. A distancia de esta postura, la A. critica lo que McFarland Taylor denomina “ecopiedad”, una doctrina de ética medioambiental basada en pequeños gestos ecológicos realizados por cada uno por su cuenta, independientemente de los grandes retos comunitarios o incluso internacionales. Para la A., se trata de un liberalismo individualista aplicado a la ecología, que defiende que las decisiones de consumo de cada uno deben orientar la gran economía.
Por último, la A. relata que la Conferencia de Obispos de Estados Unidos recibió Laudato si’ de forma mitigada, valorando los elementos de la doctrina que resonaban con su enfoque conservador y omitiendo mencionar los aspectos que entraban en conflicto con sus puntos de vista, especialmente en el plano político. Por ello, Mons. José H. Gómez, actual arzobispo de Los Ángeles, ha hecho hincapié en la dignidad humana y en la primacía de la vida espiritual sobre el compromiso político en su análisis del texto.
Estas iniciativas episcopales no han tenido en cuenta los aspectos y recursos de sentido presentes en el ámbito del ambientalismo de la tierra, que, sin embargo, representan una realidad demográfica creciente a considerar para el presente y el futuro de la vida de la Iglesia en California.
[1] Stéphane Lavignotte, L’écologie, champ de bataille théologique, París, Textuel, Coll. «Petite encyclopédie critique», 2022, p. 73 y ss.
[2] Mark Stoll, Protestantism, Capitalism, and Nature in America, Albuquerque, Universidad de Nuevo México, 1997.





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